Desde el pasado mes de octubre, las autoridades de los Estados Unidos han interceptado a más de 52.000 niños y adolescentes que, viajando en solitario y en condiciones precarias, intentaban traspasar la frontera y entrar al país desde el sur.

La mayoría de ellos proceden de naciones como Guatemala, El Salvador u Honduras, azotadas por la extrema pobreza y por el clima de violencia generalizada debido a la acción de las bandas organizadas y a la ineficacia de sus gobiernos.

El número se ha multiplicado en los últimos meses, lo que supone un problema para el gigante norteamericano, que empieza a verse desbordado por la situación: el coste de alojar a estas chavales en refugios temporales es cada vez más elevado. Así, muchos de estos jóvenes acaban siendo deportados a sus países de origen.

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