En octubre de 2008, Vladimir Putin celebró su cumpleaños regalándoles a los rusos un DVD titulado “Aprendamos yudo con Vladimir Putin”.

En él, el entonces primer ministro, con su cinturón negro, aparece doblegando a sus contrincantes en la lona, uno tras otro. A sus seguidores les ofrece un consejo: “En una pelea, los compromisos y las concesiones son permitidas, pero sólo en un caso: si es para la victoria”.

Su proeza en las artes marciales le ha servido a Putin para proyectar un mensaje: él es, en últimas, quien tiene el poder en Rusia.

Aunque el país tiene un gobierno y un parlamento, un primer ministro y un Consejo de Seguridad Nacional, Putin está sentado en la cumbre de una estructura vertical de poder que él mismo creó.

Esto lo aprecian quienes quieren a un gobernante fuerte para el país más grande del mundo, pero lo rechazan quienes consideran que su gobierno se ha tornado autoritario y poco respetuoso de los derechos humanos.

Putin, quien hoy tiene 61 años, es amado u odiado, pero las pasiones que despierta parecen tenerle sin cuidado. Su rostro casi nunca lo delata.

Putin ha tratado de impedir una mayor influencia de Occidente a través de demostraciones de fuerza, como ocurre ahora en Crimea.

Así como ha aparecido en fotografías montando a caballo con su pecho a la vista o nadando en un río siberiano, también ha intentado presentar a un país en buen estado físico.

Para sus asesores, un mandatario que cuida de sí mismo equivale a decir que también cuida de su país.

Sus detractores lo ven narcisista, pero sus seguidores valoran esa vitalidad. Una canción tecno que sonó en 2002 en Moscú decía: “Yo quiero un hombre como Putin que esté lleno de fuerza, yo quiero un hombre como Putin que no beba”.

La letra es una referencia al problema del alcoholismo en Rusia, que afecta principalmente a los hombres, y representa el contraste entre el presidente y su antecesor, Boris Yeltsin, un mandatario más viejo, más extravagante y mucho menos saludable que le abrió las puertas del poder.

Lo curioso es que, a diferencia de su importancia actual, en un comienzo no muchos apostaron por ese novato que en 1999 se convirtió en el quinto primer ministro de Rusia en 18 meses.

Pero Putin se catapultó al Kremlin cuando lideró el envío de tropas a Chechenia ese mismo año, algo que muchos vieron como un triunfo militar pero radicalizó a los rebeldes chechenos.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here