Quienes empezaron las movilizaciones fueron los estudiantes de la ciudad andina San Cristóbal el 4 de febrero. Pero el hito referente de la controvertida situación actual es la marcha de Caracas del 12 de febrero, a la que se sumaron sectores de la oposición y que terminó con disturbios y tres personas muertas.

Desde entonces, el país ha sido testigo de múltiples cacerolazos, ha visto multiplicarse las barricadas que los venezolanos llaman “guarimbas” y los gases lacrimógenos –sobre todo en zonas de oposición–. Las manifestaciones y los enfrentamientos en los que han desembocado algunas de ellas han dejado ya 22 muertos en una situación en la que, cada vez parece más claro, nadie gana.

Tal vez, con mucho esfuerzo, se pude decir que con la polarización exacerbada el presidente Maduro consigue unir filas contra el enemigo común o culpabilizar a la protesta de los males que azotan a la economía de los venezolanos, como la escasez y la inflación del 56%.

Y que la oposición cuenta en su haber con la visibilidad pública que ganan sus exigencias y sobre todo, a nivel internacional, con la mala imagen que le da al gobierno la difusión por redes sociales de ciertos episodios de represión policial.

Sin embargo, con el liderazgo opositor sumido en una división sin precedentes en los últimos años y Maduro atacado por la inestabilidad generada por la protesta constante, es difícil encontrar razones para no pensar que todos pierden.

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