El pescador Ernane da Silva mira el valle que se extiende a sus pies. En ese lugar, donde pescó por tres décadas, ahora solo hay maleza y tierra seca, agrietada por el sol.

La peor sequía en 80 años golpea al estado de Sao Paulo en Brasil. Y sirve de alerta para muchas otras metrópolis: la deforestación, las mayores temperaturas y la expansión de centros urbanos replican este desastre en otros rincones del planeta.

“Fui uno de los primeros pescadores que llegó aquí y ahora soy uno de los últimos que quedan”, cuenta Da Silva, de 60 años, en medio de la represa del río Jacareí, en el pequeño municipio de Piracaia, a unos 100 km de la ciudad de Sao Paulo.

“Pesqué aquí durante 30 años. ¿Cómo iba a pensar que un día se acabaría el agua?”, se pregunta con una mezcla de incredulidad y de tristeza, reflejando un problema que no lo afectó solo a él, sino en mayor o menor medida a millones de paulistas.

Epicentro económico e industrial de Brasil, Sao Paulo ya vivió una fuerte sequía en 2001 y una muy grave a inicios de los años 1960.

“La sequía no es solo un asunto climático: es importante si estamos o no preparados para enfrentarla”, dice la investigadora María Assunçao Silva, del Departamento de Ciencias Atmosféricas de la Universidad de Sao Paulo.
En Sao Paulo se juntó la falta de inversiones e infraestructura para almacenar agua en años de abundancia, la sobreexigencia del sistema y la mala gestión. No se informó adecuadamente a la población y no se racionó el recurso, dicen los expertos.

La mayor empresa de aguas de Sao Paulo, Sabesp, afirma que tomó medidas y que no es necesario racionar, lo que fue reafirmado constantemente por el gobernador Geraldo Alckmin, reelecto en octubre.

El gobierno anunció hace poco que construiría una planta para reutilización de agua y nuevos depósitos para almacenaje.

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