Los militares y policías se abrieron paso en el municipio de Acuitzingo, entre los bosques húmedos que comparten los estados de Puebla y Veracruz, y aunque los recibieron a balazos, lograron llegar a un nido de la organización delincuencial Zetas.

Ahí, en el Rancho San Pedro, los criminales montaron un campamento en el que entrenaban a sus guardaespaldas o “estacas” -como los llaman en la jerga criminal local- que operaba desde tiempos imprecisos hasta la madrugada de ayer, cuando los pillaron.

Las autoridades encargadas del operativo contaron posteriormente a la prensa local que el rancho tenía una pista de comandos (tipo militar: con obstáculos a vencer en recorridos que ponen a prueba audacia y velocidad), una zona para prácticas de tiro, dormitorios y almacenes para armas.

Todo ante la “casi certera” complicidad de la policía municipal cuyos agentes desaparecieron en las horas siguientes.

Al momento de ser descubiertas las instalaciones, había un hombre vendado y atado de pies y manos además de 33 personas que aparentemente recibían la capacitación para convertirse en escudos humanos de otros jefes Zetas dispersos por todo el país.

El gobierno mexicano ha armado a retazos de historias narradas por detenidos, el rompecabezas de la estrategia de los Zetas para entrenar a sus pistoleros: algunos son obligados; otros, persuadidos con mensajes de poder y dinero.

En 2011, la Procuraduría de Justicia del Estado de Campeche hizo pública la historia de “El Topo”, un albañil entrenado en 15 días como sicario contra el cartel de Sinaloa.

“El Topo” confesó tras su captura en Campeche que un hombre a quien sólo conoció como “El MG” le ofreció un salario de 550 dólares mensuales (en el equivalente en pesos) y luego lo llevó vendado por un camino de terracería cercano a la cabecera estatal de Veracruz, Jalapa, donde le enseñaron a dar en el blanco con una R15.

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