El Centro Penitenciario de Reeducación de Kinshasa, la cárcel que en Kinshasa todos llaman por su antiguo nombre -“Makala”- es un vetusto penal colonial inaugurado en 1958, cuando la República Democrática del Congo era aún el Congo belga. Los presos duermen en el suelo, orinan donde pueden y defecan en cubos, pues las escasas letrinas que hay hace tiempo que están atascadas. No hay servicio de limpieza ni de lavandería y la comida que ofrece la prisión se reduce a un cuenco diario de maíz y judías que los presos llaman “vungule”, deformación de la expresión en francés “vous mourez” (vosotros morís). Si no fuera por las familias de los reos y por las monjas católicas que les llevan comida, la mayoría de los presos pasaría hambre. De todas maneras, quien no tiene familia en la capital de Congo, la pasa.

En la cárcel muchas veces no hay agua y los internos, la mayoría muy pobres, se lavan gracias a los jabones que distribuye Cruz Roja. Como en un modelo en miniatura de lo que sucede en toda la República Democrática del Congo, los derechos que la ley del país reconoce solo se disfrutan si uno los compra: compartir una celda con dos o tres presos, en vez de con decenas, y dormir en una cama y no en el suelo, cuesta entre 300 y 500 dólares americanos, explicó en 2016 a El Confidencial Fred Bauma, militante del movimiento juvenil LUCHA, encarcelado entonces en Makala. Los presos acomodados pagan a quienes no tienen nada para que limpien los excrementos de los cubos. En las celdas de los ricos, hay hasta televisión y cortinas; en las de los pobres, sólo pobres, muchos, amontonados unos encima de otros.

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