Cataluña hoy madrugó, esperó, se inquietó y sangró. Pero finalmente votó. El referéndum, que la Generalitat llevó adelante sin la aprobación del gobierno nacional que lo considera ilegal, se realizó durante once horas -de 9 a 20- tan intensas como ásperas en las que unos 2,2 millones de catalanes fueron a las urnas y el 90% se pronunció por la secesión, según aseguró el vocero de la Generalitat, Jordi Turull. Fue un domingo lluvioso en Barcelona y el ronroneo de helicópteros y sirenas inquietó el clima relajado de esta ciudad adorada por los turistas, que se vio enrarecido por episodios de represión de la Guardia Civil contra catalanes que buscaron emitir su voto.

Pasadas las diez de la noche y sin el recuento final de votos, Carles Puigdemont, el presidente del gobierno catalán, dio por válidos los resultados favorables del referéndum. “Cataluña se ha ganado el derecho a ser un Estado”, dijo Puigdemont y anunció que en los próximos días llevará el resultado al Parlamento catalán para que, de acuerdo a lo previsto por la ley del referéndum, se proclame unilateralmente de independencia.

“Puedo decirles que hoy no ha habido un referéndum de autodeterminación en Cataluña -había dicho el presidente español, Mariano Rajoy, media hora después de la finalización de la votación-. No hemos asistido a ningún tipo de consulta sino a una escenificación”, dijo para ratificar la “ilegalidad” del proceso.

“No se ha podido votar con normalidad”, había admitido Turull: de un total de 2.315 colegios electorales, la acción policial cerró 319 en un gesto que, para el portavoz, convierte a España en “la vergüenza de Europa”.

“Si llegan a querer entrar, todos nos tomamos de los brazos y nos tiramos al piso, así no podrán pasar”, era la consigna que circulaba entre los ciudadanos que esperaban votar en la Escola Infant Jesús de Barcelona.

A las 9 en punto de la mañana, hora en la que debía comenzar la votación, los cascos negros de la Guardia Civil avanzaron entre las personas que esperaban la apertura de las mesas con la intención de prohibir que se llevara adelante la consulta popular. Hubo forcejeos y golpes. La Generalitat denunció más de 900 heridos. El Ministerio del Interior aseguró que 33 agentes -19 policías y 14 guardias civiles- resultaron heridos mientras intervenían en el dispositivo montado para retirar las urnas de los centros de votación.

“El objetivo no son las personas que libremente se han acercado a expresar su opinión sino el material electoral. -aseguraba Enric Millo, delegado del gobierno nacional en Cataluña-. Pedimos colaboración. Nos vemos obligados a hacer lo que no queríamos hacer. Queda más claro que nunca que todo es un engaño, una farsa, un fraude.” En numerosas escuelas algunas personas pasaron la noche en vela custodiando que ayer se pudiera votar. Pero la mayoría de la gente comenzó a llegar a las cinco de la mañana. Como en una caza al tesoro, la cuenta de twitter del referéndum Garantim Referéndum (Garantizamos el referéndum) pedía a la gente concentrada en los colegios electorales que no informaran sobre la llegada de urnas. “Si el material electoral ha arribado a vuestro centro no le den difusión. No demos pistas”, advertían.

“Les pedimos que luego de votar se queden. Hay que evitar que se confisquen las urnas”, solicitaban sobre el carrer de l’Avenir de Barcelona, los organizadores de la votación en la escuela. Media hora después, cuando llegó la Guardia Civil, los más audaces empezaron a corear, en catalán: “Sin armas no sois nada”.

Las urnas, que fueron presentadas por la Generalitat el viernes en una conferencia de prensa, fueron ayer el botín de guerra de este amasijo de sueños independentistas, derechos constitucionales, jurisdicciones territoriales y desidia política.

En secreto, han sido custodiadas en iglesias, en centros de salud. Y el operativo de traslado hasta las escuelas, institutos y demás centros de votación tuvo mucho de espionaje de película que incluyó hasta palabras clave. “Tengo un táper, ¿dónde nos vemos?”, era la contraseña para referirse a las urnas de cuyo traslado se ocuparon también voluntarios. “Soy el viajante del papel” era la frase encriptada de quienes trasladaban boletas. Antes del horario de inicio de los comicios y mientras el Ministerio del Interior aseguraba que la policía y la Guardia Civil cumplían las órdenes judiciales y retiraban material electoral, el vocero Turull anunciaba que “para todas aquellas personas que no puedan votar, abriremos un sistema que permitirá hacerlo en cualquier punto de votación. Toda persona que tenga un pasaporte o un documento de identidad podrá votar. En cada mesa hay un sistema para consultar el censo universal, un sistema electrónico que complementará al habitual” Casi todos los miembros del gabinete catalán, Puigdemont incluido, lo sufrieron en carne propia: no pudieron votar donde les correspondía pero pudieron hacerlo en otro centro.

“Nos han confiscado 9 millones de boletas y 1,5 millones de sobres. Por eso, donde no haya sobres, se podrá votar con la boleta doblada”, agregaba el ministro de Relaciones Exteriores de la Generalitat, Raül Romeva.

“Es la primera vez en la historia en todo el mundo que a 45 minutos de iniciar la votación se cambian las reglas de juego -se quejó Millo-. Sin sobres, que es lo que permite garantizar una sola boleta por cada votante y que el voto sea secreto, se elimina el voto secreto o se permite el voto múltiple. Esto confirma que el estado de derecho desmontó el referéndum.” “La independencia ya ha ganado”, había declarado el presidente de la Generalitat a las 7:30 de la mañana, cuando en los centros de votación reinaban aún la calma y el fervor por una jornada electoral que para muchos catalanes se presentaba como histórica e inolvidable. Lo será.

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