Criticada en algunos medios de Nueva York por lo burdo del hecho, la decisión de incluir en la exposición del Museo Nacional y Memorial del 11-S la camiseta negro y marrón usada por un miembro de los Navy SEAL, el grupo de élite de la Armada estadounidense durante la operación en la que se anunció la muerte Osama bin Laden en 2011 en Pakistán, logró sin embargo su objetivo.

Desde el domingo, la prenda es parte de los 10 mil objetos que integran el “retrato” documental para evocar, en lo que fue la base del World Trade Center, los últimos 13 años de “lucha contra el terrorismo”, como bautizó George W. Bush su cruzada contra Al Qaeda tras los atentados del 11 de septiembre de 2001 contra las Torres Gemelas y el Pentágono, con saldo de casi tres mil muertos.

Frente al optimismo mostrado en 2011, cuando el presidente Barack Obama llegó al décimo aniversario rodeado por un halo de victoria, tras el anuncio en mayo anterior del asesinato del multimillonario saudí en su tabicada casa de Abotagab, esta vez la fecha sorprende a Washington con una explosión yijadista en Oriente Medio, África y el sur de Asia, cuando hace 13 años la red terrorista Al Qaeda actuaba básicamente en dos países, Afganistán y Pakistán.

Obama debe comunicar este miércoles al Congreso cuál será su estrategia contra las milicias sunitas ultrarradicales del grupo Estado Islámico (EI), surgido bajo otro nombre en 2003 en Irak como una extensión de Al Qaeda ante la invasión anglo-norteamericana de ese año; si bien desde 2006, el grupo que entonces se hacía llamar Estado Islámico para Irak y el Levante (EIIS o ISIS) rompió con la línea de Bin Laden por considerarla demasiado “moderada”.

Desde junio anterior, el nuevo EI se ha convertido en un desafío a las políticas de seguridad no solo de EU y Europa, sino también de Israel, cuya frontera norte –en el ocupado Golán sirio– ya ha resentido los efectos del accionar yijadista, el cual es repudiado incluso por figuras como el prominente clérigo salafista jordano, Omar Ozman, alias Abu Qatada, quien está siendo juzgado en Jordania por cargos de conspiración para el terrorismo. Según Ozman, el EI que hoy dirige Abu Bakr Bagdhadi –del entorno de Bin Laden en Afganistán en los años de 1990– representa “una máquina de asesinatos y destrucción”.

Obama fue cuestionado en días recientes cuando afirmó que aún no tenía una estrategia contra el EI, salvo los bombardeos en el norte de Irak. Y es que EI se ha nutrido de la política injerencista de EU y Europa contra el gobierno sirio secular de Bashar Asad por lo que atacar a las milicias yijadistas en Irak, pero darles vuelo para derrocar a Asad en la vecina Siria, es una política de doble rasero que la Casa Blanca está obligada a aclarar.

Esto, mientras convence a los norteamericanos que la nueva guerra no supone volver a empantanarse en Irak como lo hizo George W. Bush en 2003-2011 y cuando EU no termina de salir de Afganistán, invadido en 2001 en represalia por y con el pretexto del 11-S, en tanto el país centro asiático —a la sazón primer abastecedor de droga del mundo gracias al cultivo de opio, que aporta ingresos superiores a los cuatro mil 700 millones de dólares al año aunque Afganistán figura entre los países más pobres del mundo—, en manos del movimiento fundamentalista del Talibán, servía de anfitrión a Bin Laden.

Dos guerras que, como era de preverse y así lo advirtieron expertos de todo el mundo, no solo no redujeron sino que amplificaron a tres continentes la cruzada yijadista-terrorista, mampara de un oscuro abanico de intereses y de fuerzas, detrás de la cual también se han parapetado las grandes potencias o monarquías como Arabia Saudí, como cuando en los años 1980 la Agencia Central de Inteligencia (CIA) entrenó y armó a Bin Laden para combatir la invasión soviética en Afganistán.

Dejar respuesta

Please enter your comment!
Please enter your name here