El cloro de las piscinas cumple su función pero puede tener efectos indeseados. Por ejemplo, el asma. Nadar en piscinas con exceso de cloro puede aumentar las posibilidades de que un niño desarrolle síntomas de asma.

El asma afecta a más de 300 millones de personas en el mundo y es la causa más frecuente de enfermedad infantil respiratoria crónica. Lo advierten desde Neumosur, la asociación que aglutina a los neumólogos y cirujanos torácicos del sur.

Esta probabilidad de desarrollar asma aumenta cuanto más pequeño sea el niño, más tiempo permanezca en el agua, más agua de la piscina ingieran, menos higiene personal se requiera a la hora de zambullirse y mayor sea la temperatura del agua.

En concreto, el riesgo es mayor en los niños que acuden regularmente a la piscina con una edad por debajo de 6 a 7 años, dado que a esas edades habitualmente no se nada, sino que se chapotea y se inhalan y degluten más partículas de agua con cloramina, una sustancia que puede lesionar el epitelio pulmonar y provocar síntomas asmáticos (tos, pitos en el pecho y ahogo) o desencadenar asma en niños predispuestos (atópicos).

La cloramina se genera por la mezcla de ácido hipocloroso –desinfectante resultante de la reacción del cloro con el agua–, el sudor, la saliva y la orina presentes en el agua de una piscina, en especial, bastante frecuente ésta última, sobre todo cuando se trata de niños pequeños.

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