La tos ferina es una enfermedad de actualidad que se produce fundamentalmente en los niños, hasta los 6 meses, al no haber completado todavía su vacunación, y en los adolescentes y adultos, ya que la inmunidad producida por la vacuna de la infancia se pierde con paso del tiempo; y además protege entre el 74 y 89% de los vacunados.

En el caso de los lactantes, la enfermedad puede tener complicaciones graves y desencadenar en la muerte. En los adultos sin embargo, muchas veces no se diagnostica como tal debido a que se toma como una tos persistente derivada de un catarro, sin darle mayor importancia.

Estos casos suelen ser los que contagian a los niños con los que conviven, originando el aumento de mortalidad derivado de esta enfermedad. En los EEUU, en los últimos diez años se han multiplicado por 3,5 las muertes de los niños menores de 3 meses, respecto a las que se producían en los años 80. Y en los 9 primeros meses de 2012, en Washington se detectaron 4.268 personas afectadas frente a las 462 que se detectaron en el mismo periodo de 2011.

Debido a ello, a partir de 2001 se propusieron tres estrategias para proteger a los niños pequeños sin vacunar: vacunación sistemática de los adolescentes, vacunación sistemática de los adultos y estrategia del nido, es decir, vacunar a todas las personas que convivan con el lactante, en el domicilio (familiares y no familiares) y fuera de él (personal sanitario y de guarderías en contacto con lactantes).

Y ante los últimos brotes detectados, las autoridades sanitarias han publicado una nueva recomendación: vacunación a las embarazadas a partir de la 20 semana de gestación con el fin de proteger a los lactantes menores de 4 meses.

Esta vacuna se administra junto a la del tétanos y difteria (dTpa) y debe ir más allá de la infancia y ser para toda la familia y todas las edades (niños, adolescentes, adultos y personas de edad avanzada).

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