Los doctores carecen de medicamentos. Tampoco hay camas para los pacientes. Seis meses después de que el brote de ébola se presentara en el occidente de África que no estaba preparado para la epidemia y se convirtiera en el peor de la historia, la brecha entre la ayuda enviada por otros países y agrupaciones internacionales y lo que se necesita es enorme.

Aunque los países tratan de reunir más recursos las necesidades amenazan con aumentar a una escala quizá imposible de superar.

D.J. Mulbah, un niño de 14 años, fue trasladado el sábado por su madre y abuela en la búsqueda desesperada de una cama en una clínica operada por Médicos Sin Fronteras en Monrovia, la capital de Liberia. Demasiado débil para mantenerse en pie, fue llevado en un taxi junto con su mochila y un cubo para usar en caso de que vomitara. Luego fue acostado en el piso de tierra entre las mujeres preocupadas.

“Ha estado enfermo de diarrea”, dijo su madre mientras le limpiaba el sudor de la frente con las manos. “Hace días llamamos a una ambulancia pero nunca llegó”.

Las camas se llenan tan pronto como se construyen las clínicas. Las sirenas de las ambulancias resuenan entre el tránsito automovilístico. A menudo no hay donde llevar a los enfermos, excepto a los “centros de espera” donde aguardan hasta que se desocupe una cama en alguna clínica donde se atiende a enfermos de ébola.

Hacia las 8 de la mañana hay decenas de personas posiblemente enfermas de ébola sentadas en el suelo a las afueras de la clínica cuya puerta está cerrada con candado.

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