Emilia-Romaña es una región del norte de Italia famosa por su charcutería, y evitar comer carne allí es un verdadero desafío.

Uno de los apodos de mi pueblo adoptivo, Bolonia, es “Bologna la grassa” o “Bolonia la gorda”.

Se trata de una ciudad donde la dieta a base de carne es dominante e incluye desde la mortadela hasta la salsa ragú, mejor conocida como boloñesa.

Pero es injusto acusar solo a Bolonia, cuando en realidad toda la región puede ser apodada “Emilia la grassa”.

A una hora de Bolonia se encuentra Parma, la tierra del famoso jamón. Incluso Módena, a sólo 20 minutos de allí, tiene sus propias especialidades porcinas, que se comen tradicionalmente en esta época del año.

Esta es probablemente la única zona de Italia que en una de sus plazas centrales exhibe una estatua de bronce de un cerdito.

Olvídese de los santos patrones y de los héroes de la unificación de Italia. Por estos lares, el puerco es el rey.

Para muchos visitantes, las especialidades porcinas son una atracción, pero desde una perspectiva culinaria, yo no podía haber escogido un peor lugar para vivir.

La cosa es que no como carne y esto es difícil de entender para una población local que asume que el colesterol alto es parte de su ADN y que considera a los chicharrones como charcutería fina.

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