La dieta mediterránea previene las enfermedades cardiovasculares. Para ello debes consumir verduras, frutas, granos integrales, lácteos, alimentos ricos en proteínas y aceites, dentro de un nivel de calorías adecuado y formulados con cantidades limitadas de grasas saturadas, azúcares añadidos, y sodio.

Hace más de 40 años se demostró que los hábitos de vida saludables (alimentación, actividad física y el no consumo de productos tóxicos) son los que influyen de manera más directa y determinante en la salud de la población; por delante incuso de la herencia genética, la contaminación ambiental y la asistencia sanitaria.

Es sabido también que el consumo de tabaco, así como la actividad física escasa, incrementan el riesgo de padecer una enfermedad cardiovascular, pero, ¿qué papel juega nuestra alimentación en todo eso?, ¿es un factor clave para la predisposición o para la prevención de este tipo de enfermedades?

La Sociedad Española de Endocrinología y Nutrición (SEEN) quiere aclarar estos aspectos haciendo hincapié en la importancia que tiene la nutrición a la hora de prevenir o proteger nuestra salud de posibles dolencias cardiacas.

Este tipo de enfermedades constituyen la primera causa de muerte para el conjunto de la población de nuestro país, por delante del cáncer, en concreto aquellas relacionadas con el corazón o con los vasos sanguíneos. Entre ellas destacan la enfermedad coronaria, el infarto agudo de miocardio, la insuficiencia cardiaca, el accidente cerebrovascular (ictus) y la enfermedad vascular periférica.

Además son enfermedades muy asociadas a otras comorbilidades que agravan, provocan o acentúan la primera. Así, desde la SEEN aclaran que entre los factores de riesgo cardiovascular hay que incluir, además de la hiperglucemia, la hipertensión, la dislipemia (alteración de colesterol y triglicéridos), la obesidad, el sedentarismo y los hábitos de vida poco saludables.

La prevalencia de la insuficiencia cardiaca (IC) es del 6,8 por ciento de la población mayor de 45 años, pero se incrementa con la edad, alcanzando el 16 por ciento en personas mayores de 75 años.

Las causas que favorecen la aparición de la Insuficiencia Cardíaca (IC) son varias, destacando el padecimiento de cardiopatía isquémica (CI), hipertensión arterial (HTA) o diabetes. Por ello, los factores de riesgo que se asocian a la IC son los causantes de producir estas enfermedades: fumar e hipercolesterolemia en el caso de la CI; malos hábitos alimenticios o estrés en HTA; y el sedentarismo y consumo excesivo de azúcares por la diabetes. “La prevención de la insuficiencia cardiaca, por tanto, se puede abordar actuando sobre estos factores de riesgo, además de identificar y tratar adecuadamente las patologías que provocan”, afirma el doctor Luis Manzano, coordinador del Grupo de Insuficiencia Cardiaca (IC) y Fibrilación Auricular (FA) de la Sociedad Española de Medicina Interna (SEMI).

De hecho, un ejemplo claro es la diabetes, ya que tal y como explica la doctora Rebeca Reyes, coordinadora del área de Diabetes de la SEEN: “El 80 por ciento de las personas con diabetes fallecen por enfermedad cardiovascular (cardiopatía isquémica, accidentes cerebro-vasculares)”, y explica que el hecho de tener diabetes multiplica hasta por cuatro el riesgo de mortalidad cardiovascular.

La diabetes está asociada a un aumento de las enfermedades cardiovasculares, que continúan siendo un importante factor de morbi-mortalidad. De hecho, hay estudios que equiparan el riesgo de mortalidad de una persona con diabetes tipo 2 sin un infarto, al de una persona que haya tenido un infarto de miocardio pero no presente diabetes”.

La exposición al humo del tabaco puede causar múltiples enfermedades respiratorias y cardíacas.

Por todo esto, la SEEN recomienda ir un paso por delante y actuar sobre los factores de riesgo que sí se pueden modificar, siguiendo las siguientes recomendaciones en alimentación:

  • Tener un peso adecuado, ya que en caso de obesidad, reducir el peso repercute en la desaparición o mejora de algunos factores de riesgo como la diabetes o la hipertensión.
  • Seguir una dieta saludable, reduciendo al mínimo el azúcar y las grasas animales en la alimentación, siguiendo una dieta mediterránea (rica en frutas, verduras y legumbres).
  • Moderar el consumo de bebidas alcohólicas.

El consumo de grasas a debate

Por otro lado, tal y como apunta el doctor Luis Miguel Luengo, miembro del área de Nutrición de la SEEN: “Siempre ha sido inevitable la existencia del debate sobre el efecto de determinados alimentos o nutrientes en la salud cardiovascular”. Un ejemplo claro de esto es el papel de las grasas en nuestra alimentación. “Hace unos años estaban asociadas a efectos negativos, mientras que actualmente se sabe que el consumo total de grasas no parece que sea lo que más influya de nuestra alimentación en la salud cardiovascular, siendo más importante el tipo de grasas consumida más que su cantidad”.

Según este experto, a día de hoy sabemos que, por ejemplo, las grasas presentes en los pescados azules y en los frutos secos, que son ácidos grasos poliinsaturados, de la serie omega-3 y omega-6, respectivamente, ayudan a disminuir el colesterol y los triglicéridos en sangre; así como el aceite de oliva, ya que las grasas predominantes en el mismo son monoinsaturadas, y mejoran el perfil de grasas en la sangre.

Además, otro elemento que está adquiriendo cada día más relevancia es el consumo de hidratos de carbono de absorción rápida (azúcares) más que el consumo total de carbohidratos.

Las dietas con menos carne se asocian con menor riesgo de enfermedad cardíaca y accidente cerebrovascular. También se recomienda consumir menos de un 10% de calorías procedentes de azúcares añadidos y un máximo de un 10% procedente de las grasas saturadas.

Y es que nuestro cuerpo está diseñado para moverse y nuestro organismo ha reaccionado frente al creciente sedentarismo y falta de actividad física con una mayor prevalencia de enfermedades cardiovasculares, de las cuales la obesidad es un referente. Para evitar esta situación, se hace imprescindible equilibrar el balance energético e intentar no ingerir más energía de la que vamos a gastar en nuestro día a día.

Según los expertos, es recomendable tener una vida activa, practicando con regularidad algún deporte o actividad física acorde con la capacidad de cada persona. Para ello, desde Infoalimenta se proponen unas pautas sencillas que ayudan a llevar una vida activa. En este sentido, explican, “una actividad recomendable es caminar a buen ritmo durante 30 minutos diarios”. Se trata de “una práctica muy accesible que no requiere de una gran inversión en tiempo y que permite grandes beneficios en el ámbito de la prevención”.

¿De qué depende el consumo de energía?
El consumo de energía diario depende de tres factores fundamentales: – La metabolización de los alimentos (el proceso de asimilar y almacenar los nutrientes en nuestro cuerpo), supone un 10% del consumo. – El metabolismo basal, que es el que atiende al gasto de energía que nuestro cuerpo necesita para realizar las funciones vitales básicas (respirar, la actividad cardiaca…). Un consumo que supone entre el 60/70%. – Y, para completar un balance energético adecuado, los expertos subrayan la necesidad de incluir la práctica de actividad física diaria que permita el gasto de energía restante (entre un 10-30%).

Respetar este hábito de balance energético nos permite mantener un estado de salud óptimo. Si el balance es positivo significará que se ha ingerido más energía de la consumida y que, por tanto, se estaría acumulando en nuestro cuerpo. “Tampoco es conveniente que el balance sea negativo, gastando más energía de la consumida. Lo ideal es mantener la balanza en equilibrio”, concluyen los expertos.

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