Todos los miembros de la familia estaban frente al televisor cuando escucharon las palabras mágicas que esperaban desde hacía una década.

Al escucharlas de los labios del presidente Barack Obama se abrió para ellos, y para millones de indocumentados, una puerta a una vida diferente, fuera de las sombras.

Era el 20 de noviembre, cuando Obama anunció un decreto que proporciona un alivio temporal de tres años contra la deportación y un permiso de trabajo a los padres que tengan hijos ciudadanos o residentes estadounidenses, siempre y cuando hayan estado en el país desde 2010 y no tengan antecedentes criminales. “Cuando el presidente lo dijo, gritamos, nos abrazamos, lloramos, le hablamos a todas las amistades para saber si lo habían escuchado… ¡Gracias a Dios, gracias al presidente que por fin había tomado una orden así!”, relata la hondureña Reina Martínez, reviviendo ese momento.

Con sus dos hijos menores, Abraham de cinco años y José de 18 meses, que son ciudadanos, ella y su esposo José Guillén califican para el beneficio de la acción ejecutiva presidencial, porque además, “siempre hemos hecho las cosas bien, pagamos impuestos, lo tenemos todito en orden”.

Ante este acontecimiento, la familia de Martínez está emocionada preparando una Navidad especial con un manjar de pierna de puerco y tamales, aunque lo más importante serán los comensales, porque por primera vez en 10 años su familia estará completa.

Su hijo mayor, el que faltaba, acaba de llegar de Honduras. Cristofer Escoto, ahora de 17 años, no vino con Martínez cuando ella decidió lanzarse a un viaje desconocido hacia Estados Unidos en 2005. “Él estaba chiquito y yo tenía mucho miedo de lo que iba a pasar; no me atreví a traerlo”, cuenta la madre. De hecho, Cristofer vino en junio, sin avisarle a su madre, durante la llamada crisis de la frontera en la que llegaron al país unos 60,000 menores indocumentados sin acompañante.

Martínez cuenta que no quería que su hijo pasara por lo que ella pasó, “viajando en la bestia (el tren que recorre México de sur a norte), que la mera verdad es un gran sufrimiento y ninguna película lo cuenta como es en la vida real”. Si Cristofer se lo hubiera dicho a su madre, ella no lo hubiera dejado venir, confiesa la mujer. “Es una situación horrible pasar por México de indocumentados. A un grupo que venía con nosotros los secuestraron, y yo fui deportada de México para Honduras y es una situación muy triste vivir en las cárceles de México”, donde Martínez pasó una semana mientras procesaban su repatriación.

“La gente no tiene idea de la situación que uno pasa para llegar a este país, nada más que para comer, para que las familias en nuestros países tengan que comer porque la situación allá es muy difícil”, dice, sobre todo en los ranchos, donde hay más pobreza y donde ella vivía, en el sureste de Honduras.

Tiempo de júbilo Pero la tristeza para Martínez se ha desvanecido ahora. Casi como si hubiera contado los segundos, Martínez relata: “El 5 de junio del 2014, Dios me entregó a mi hijo en mis brazos después de 22 días que estuvo en un refugio (de la guardia fronteriza de Estados Unidos). Fue bastante emoción, temblábamos todas las madres en el momentito en el que nos iban a entregar a los niños. Es algo inexplicable la emoción que se siente después de tantos años, de verlo convertido en hombre ya, que ya no es el niño que yo había dejado”.

La tristeza también se ha convertido en júbilo esta Navidad para la mexicana Rosa Ramírez, quien después de que deportaran a su esposo hace tres años se quedó sola en Houston criando a cinco hijos nacidos en Estados Unidos. “Esta Navidad va a ser única para mí porque primeramente yo le voy a dar gracias a Dios por el alivio que Obama nos da, y voy a rezar porque ojalá y sea así”, dice Ramírez con cierta duda porque, indica, “hay algunos políticos que nos quieren robar la Navidad”, refiriéndose a intentos actuales de miembros de Partido Republicano en el Congreso y en Texas para declarar el decreto presidencial como inconstitucional.

Para José Guillén, el esposo de Martínez, esta Navidad es de mucha esperanza: “Le voy a pedir a Dios que nos permita seguir trabajando en este país, tratando de llegar a un sueño que es dejarles unos buenos cimientos a los hijos. Lo que quiero para ellos es el sueño americano, comprarles una casa con un patio donde puedan jugar, correr, tener sus cosas fijas… sin el miedo constante de la deportación, el miedo de que todo se pueda acabar en cualquier momento.

Tomado de: http://lavoztx.com/

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