En este cuento de Navidad no hay malos. Su protagonista se llama Peter Angelina, aunque para los vecinos del barrio sevillano de El Tardón es Pedro. Si usted se detiene en el semáforo de la calle Juan Díaz de Solís, confluencia con Rubén Darío, ahí estará Pedro, 35 años, nacido en Lagos (Nigeria), vendiendo sus pañuelos de papel.

A simple vista, nada le diferencia de los otros miles de compatriotas que sobreviven de lo que venden en los semáforos de Occidente. Eso mismo hacía el miércoles de la semana pasada, cuando observó que, al ponerse en verde el semáforo, del techo de un vehículo caía un maletín. Lo cogió y echó a correr tras el coche, pero el conductor no se percató.

Pedro se asustó un poco. Entre algunos de los vecinos buscó testigos, y cuando pasó el primer patrullero de la Policía Nacional, de camino a la cercana Jefatura, se lo entregó.

No habían pasado veinte minutos cuando los agentes regresaron al semáforo a contarle que habían encontrado al propietario, y que en el interior del maletín había más dinero del que había visto en los quince años que lleva viviendo en España: 3.500 euros en efectivo y seis cheques por valor de 13.000 euros, además de un móvil y diversa documentación. ¿Ve? Pedro no es un vendedor de pañuelos cualquiera.

Pero es que ya no lo era antes del jueves de la semana pasada. Peter Angelina es médico, aunque su título, de la Universidad de Lagos, no puede ser convalidado en España. Por eso, hace cinco años se puso a estudiar Medicina en Sevilla. Se paga los estudios con lo que saca por los pañuelos y la pequeña ayuda que recibe de Nigeria, donde su padre es jefe de policía. A Pedro le da vergüenza posar con sus pañuelos en la mano: “Cuando me vean los compañeros de la facultad…”.

Pero hay más. Tras llegar a Sevilla, procedente de Londres, donde permaneció dos años, trabajó como profesor de Inglés en un colegio. Y colaboró en varios programas de televisión de Los Morancos, vecinos también de El Tardón, un barrio situado en la zona Oeste de la ciudad, muy próximo a Triana.

Pedro es muy religioso. Dice que él no es bueno, que el bueno es Dios. Ayuda a misa desde hace nueve años en la cercana parroquia de San Joaquín. En la plazoleta junto al semáforo empiezan a arremolinarse los cámaras y los periodistas. A Pedro le da la risa, de pura vergüenza, cuando sus vecinos le preguntan qué se trae entre manos.

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