Nadie sabe a ciencia cierta qué los causa, pero para mí son los efectos colaterales de una batalla oculta que cada noche libra el cerebro entre el estado de vigilia y el sueño.

Por lo general, mientras dormimos estamos paralizados. Incluso durante los sueños más vívidos, nuestros músculos permanecen quietos y relajados, sin mostrar signos de excitación interna.

Lo que sucede en el mundo exterior generalmente es ignorado. No es que recomiende hacerlo, pero hay experimentos que demuestran que si duerme con los ojos abiertos (pegando los párpados con cinta para que no se cierren) y alguien le pasa una linterna, es poco probable que afecte sus sueños.

No obstante, la puerta entre el que duerme y el mundo exterior no está completamente cerrada. Existen dos tipos de movimientos que se escapan del cerebro dormido y cada uno nos cuenta una historia distinta.

Los movimientos más comunes que hacemos al dormir es el que hacemos con los ojos, y se conoce como movimiento ocular rápido.

Cuando dormimos, nuestros ojos se mueven acorde a lo que soñamos. Por ejemplo, si soñamos con un partido de tenis, nuestros ojos se mueven de izquierda a derecha.

Estos movimientos generados en el mundo de los sueños se escapan de la parálisis del sueño y se filtran al mundo real. Observar que los ojos de una persona dormida se mueven es la señal más clara de que está soñando.

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