El músico hondureño Aurelio actúa este enero en Madrid, Huesca y Zaragoza

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Tres décadas lleva Aurelio (Plaplaya, Honduras, 1969) difundiendo el color y el sabor de la nueva música garífuna, o lo que es lo mismo: la pulsación de un pueblo que se resiste a que su identidad se diluya en una globalización caníbal. Y para celebrar esa trayectoria edita ahora en el sello Real World Sarandi (Treinta) un álbum registrado en estudio con técnicas y energía de directo, en el que reformula una docena de las canciones más sobresalientes de su repertorio: de ‘Lumalali Lumamiga’ (de Garífuna Soul, 2004) hasta ‘Sañarano’ (de Lándini,2014), pasando por temas como ‘Sielpa’ y ‘Naguya Nei’.

Aurelio, desde la muerte en 2008 de su amigo el beliceño Andy Palacio, mago del punta rock —variante de música garífuna moderna—, se ha erigido en la estrella indiscutible de un universo en el que fueron pioneros Paul Nabor y Juni Aranda, y cuya trayectoria fue seguida por interpretes como Pen Cayetano. El hondureño, representante de la variante garífuna paranda, encabeza un sugerente listado de creadores que ­engloba a los alistados como Garifuna Collective, de Belice, formación que, además de grabar con Andy Palacio y de editar el disco Ayo, consumó en Black Birds Are Dancing Over Me un gozoso encuentro con el músico canadiense Danny Michel; Paula Castillo, de Guatemala; Titiman Flores, Nuru y Aziatic, de Belice, y Lengua Centeno y Marta Guevara, de Honduras, además de Herman Chico Ramos, Horace MahobobFlores, Thamas Bootst Lauriano, James Lovell, Libayan Baba, Ibanyani Band, Wagiya Band, Gunwin Band, Wahima Band y Satuye Band. Súmese a esa incompleta enumeración nombres como los de Sofía y Silvia Blanco, Chella Torres, Deseré Diego, Marcelina Masagu Fernández, Bernadine Flores, Damiana Gutierez, Elodia Nolberto, Sarita Martínez y Julia Núñez, cantantes de Belice, Honduras, Nicaragua y Guatemala que facturaron en 2008 Umalali: Te Garifuna Women’s Project.

Pero ¿cómo se formó la galaxia garífuna? En la isla de San Vicente, en las Antillas orientales, vivían originalmente los indios arahuacos, quienes sufrieron los ataques de los caribales, navegantes astutos procedentes del Orinoco. Parece que estos terminaron devorando a los arahuacos y quedándose con sus mujeres. Del forzado choque surgieron los caribes rojos. Hacia 1635, dos galeones españoles que transportaban esclavos negros desde el golfo de Guinea naufragaron frente a las costas de San Vicente, permitiendo a los supervivientes huir de la esclavitud que les esperaba. Aquí se mezclaron con los caribes y nacieron los caribes negros o garinagu (garífuna, para referirnos a su cultura o a una sola persona). Cuando los ingleses arrasaron la isla, los garinagu fueron deportados a otra conocida como Roatán. Desde aquí iniciaron un éxodo que los llevó hasta Nicaragua, Honduras, Guatemala y Belice. Migraciones posteriores los dispersaron por Estados Unidos. Así, cinco países, una lengua común (más las propias de los países en los que viven) y una música de referencias indias y africanas. Bailes, cantos y toques de tambor que responden por parranda, punta, sambay, jungujugú y wannaragua, galinda, gunchey, ­maypol, banguidi y coreopatía; o sea, las fuentes de la música moderna garífuna, que Aurelio captura emocionalmente, las ensancha y devuelve contemporáneas.

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