El día que una maestra desafió a Messi: “¿Piensas que el fútbol te dará de comer?”

El amor por los alfajores, el particular consejo de una maestra y el pequeño Messi disfrazado de mendigo; historias narradas de la mano de su entorno

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La historia futbolística de Messi en la Argentina terminó velozmente a los 12 años cuando partió hacia Barcelona para transformarse en el mejor jugador del mundo. Antes de eso, dejó en esta ciudad infinidad de historias y anécdotas. Desde su devoción por los alfajores, pasando por el curioso consejo de una maestra hasta llegar al Messi “mendigo”.

Siempre en torno al fútbol, siempre con la pelota como testigo. En charla con LA NACION, diversas personas que formaron parte de la vida del astro en su infancia recuerdan las andanzas en su ciudad. Ese lugar en el que mañana vivirá uno de los momentos más trascendentales de su vida, cuando se case con Antonela Roccuzo. Un espacio en el que vivió pocos años aunque marcó una huella imborrable.

Goles por alfajores

En 2012, el nombre de Carlos Marconi recorrió todo el mundo. En un acto particular, la entrega de la Bota de Oro, el crack del Barcelona reveló que cuando era chiquito su principal motivación para marcar goles eran los alfajores. “Cuando entraba a la cancha sólo pensaba en eso”, contó Messi cuando recibió su segunda Bota de Oro.

Marconi tenía un pacto con la Pulga. “Por cada gol que hacía con el pie le daba un alfajor triple, y si lo convertía de cabeza le daba dos. Una locura, tenía 6 años. ¿Sabés lo que hacía? Gambeteaba a todos y cuando llegaba al arco levantaba la pelota con el pie y lo hacía de cabeza. Automáticamente miraba a la tribuna y me hacía el gesto con la mano levantando dos dedos. Los nenes del equipo rival no entendían nada”.

Los regalos a los juveniles de Newell’s se hicieron frecuentes, pero un día sucedió algo que jamás nadie imaginó: “En un partido Leo metió seis goles, entonces le entregué la misma cantidad de alfajores. Él decidió repartirlos entre sus compañeritos; eran 7 en total, por lo que él se quedó sin alfajor, y no le importó. Ese día lloré al ver el gesto, él daba todo por sus amiguitos”, cuenta Marconi emocionado. Y añade: “Yo era el director de la escuela de fútbol de Newell’s.

En esa época jugaba Matías, su hermano. Leo venía, tenía apenas 5 años, le tiraba una pelota y corría como un loco para todos lados. Yo le apostaba: ‘Vení, a ver quién hace más jueguitos. Él hacía 50, yo 51 y dejaba caer la pelota a propósito, lo volvía loco. ¡Se enojaba, tenía 5 años y dominaba la pelota 50 veces en el aire!’. Sus movimientos eran inexplicables, hacía cosas increíbles con la pelota desde bien chiquito”, recuerda Marconi.

Messi se crió jugando con sus hermanos y primos en el sur de Rosario, en Las Heras. La estrella del Barcelona se inició en el club de su barrio, Grandoli. Generalmente lo llevaba de la mano Celia, su abuela materna, la destinataria de los saludos de la Pulga cada vez que convierte un gol y eleva sus manos al cielo.

Desde Newell’s ya lo tenían visto y querían ficharlo de cualquier manera. Messi se resistía hasta que Marconi le tocó el corazón. “Un día le pregunté de qué cuadro era simpatizante y me dijo: ‘De Newell’s, obvio’. Entonces le prometí que si venía a jugar con nosotros le regalaba una camiseta. Por supuesto que se la di. Lo puse en la cancha con chicos más grandes que él, de 8 años. La agarraba, gambeteaba a todos, hacía el gol y los otros lo miraban anonadados. Fue ahí cuando le propuse lo de los alfajores. El enano hacía cuatro o cinco goles por partido”.

Marconi resalta algo que jamás observó en sus 30 años en el fútbol rosarino. La atracción por Messi era tal que el teléfono explotaba de llamados desde toda la provincia de Santa Fe para consultar cuándo jugaba ese chiquito. Todos querían ver lo que se comentaba en el ambiente. “Era una cosa de locos, levantaba el tubo a cada rato. He tenido cientos de jugadores, incluso a Maxi Rodriguez, pero lo de Lio fue una cosa asombrosa, llamaba la atención de todo el mundo”.

Messi, el “mendigo”

Germán Rivera atiende el teléfono desde Río Cuarto, Córdoba. Allí, el defensor de 32 años se desempeña en Estudiantes de esa ciudad, equipo que milita en el torneo Federal B. De largo recorrido en el fútbol (Newell’s, Talleres de Córdoba, incursiones en el fútbol italiano, rumano y peruano), Rivera vivió su infancia en épocas en las que lejos estaban de imaginar la tecnología actual, instalada en los niños desde una edad muy temprana. “En la pensión se acostumbraba mucho a estar sentados en la vereda mirando a la gente, jugando o tomando una gaseosa ya que no había tecnología como ahora.

Todo se disfrutaba de otra forma”, cuenta. En una de esas charlas surgió la idea: que Messi se disfrace de mendigo y vaya a pedir limosna en la esquina. “Por el tamaño y lo buenito que era nosotros lo apañábamos un poco más. Leo era chiquitito y flaco, un día lo agarramos y lo vestimos con ropa rota y vieja. Lo mandamos a pedirle monedas a las personas que estacionaban en la cuadra. No pidas fotos de eso: teníamos una pobreza bárbara”, cuenta entre carcajadas.

Las anécdotas se multiplican: “Una vez, con Leo ya jugando en Barcelona, fue a un bar de Rosario con sus mejores amigos. Yo estaba en otra mesa, lejos. Y conozco a Lucas Scaglia, primo de Antonela y amigo de Messi, que estaba con ellos. Al rato llega Lucas y me dice: ‘Che, Leo está preguntando por el cordobés, te quiere saludar’. ¡Dejé todo y salí corriendo para abrazarlo! Con el tiempo, el vagabundo se transformó en el mejor futbolista de la historia”, finaliza Rivera con otra sonrisa.

“Es que a mí lo único que me gusta es jugar a la pelota, seño”.

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