Alexandru Radita tenía tres años cuando ingresó de urgencia a un hospital de British Columbia, Canadá, en diciembre de 2000. Su madre estaba con él cuando su fiebre comenzó a aumentar de manera alarmante, sus vómitos se repetían y un fuerte dolor abdominal doblaba al pequeño.

Horas después y tras realizarle diversos estudios, los médicos que atendieron a Alexandru le diganosticaron de forma clara diabetes tipo 1. En ese mismo momento, los profesionales hablaron con la mujer para explicarle los pasos a seguir: cuándo hacerse los test, cuándo inyectarle insulina y el régimen alimenticio que debía seguir.

Pero Rodica y Emil, los padres del pequeño, no quisieron hacer caso al diagnóstico y decidieron continuar con su vida como si nada hubiera ocurrido. Diez años después, el 7 de mayo de 2013, Alexandru moriría. Al momento del deceso, pesaba sólo 16 kilogramos, pese a tener casi 15 años.

La paramédica que lo vio en su lecho cuando ya estaba muerto describió una escena macabra en la vivienda de Calgary, Alberta. Estaba tan demacrado que parecía “momificado”. Su rostro no tenía casi piel y se podían ver sus huesos.

Tenía llagas negras y necróticas en la cara y la mandíbula izquierda tenía llagas abiertas tan profundas que podía ver el hueso de su mandíbula. No quedaba nada de su estómago porque estaba extraordinariamente flaco. Ella estimó que su cintura era de aproximadamente tres pulgadas. Estaba vestido con un pañal y una camiseta. Tenía los ojos abiertos. No estaba respirando“, según consta en la causa que se lleva adelante por homicidio en primer grado.

La autopsia fue concluyente. Alexandru murió como consecuencia de una septicemia bacterial, seguida de desnutrición y negligencia. En las primeras semanas de 2014, Emil y Rodica fueron detenidos por las autoridades. La semana pasada, ambos fueron sentenciados a una condena de por vida por ser hallados culpables del crimen de su propio hijo.

Los Radita estaban advertidos de las consecuencias de la enfermedad de Alex y aun así se negaron a tratar su condición médica con insulina y cuidados médicos. Sabían que estaba muriendo“, indicó la jueza Karen Horner, presidente de la Corte de Alberta, que fijó la pena máxima a los responsables.

Durante años, intencionalmente, los Radita impidieron que su hijo saliera de su hogar. Lo aislaron. Lograron que recibiera educación en su casa para que nadie viera el deterioro. “Sus músculos habían desaparecido. Su cuerpo estaba cubierto de dolorosas úlceras. El dolor a veces debe haber sido insoportable. No podía usar el baño. La única evidencia de su ingesta de alimentos fue comida para bebés“, añadió.

Uno de los sobrinos de los Radita debió atestiguar ante la corte. Señaló que la familia no creía en los médicos por su religión: Iglesia Apostólica Rumana. Sin embargo, pese a que se enseña que la curación espiritual es la más apropiada, no constituye doctrina alguna.

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